El acusado que quedó atrapado en la historia de otro
Raffaele Sollecito y el precio de estar en el lugar equivocado Cuando Raffaele Sollecito conoció a Amanda Knox en Perugia, su vida era ordinaria y predecible. Estudiante de informática, reservado,...
Raffaele Sollecito y el precio de estar en el lugar equivocado
Cuando Raffaele Sollecito conoció a Amanda Knox en Perugia, su vida era ordinaria y predecible. Estudiante de informática, reservado, sin antecedentes ni exposición pública. Su relación fue breve, intensa y reciente. No había planes, ni historia profunda. Solo coincidieron en el momento equivocado.
La noche del 1 de noviembre de 2007, Meredith Kercher fue asesinada en la casa que compartía con Knox. Raffaele no vivía allí. No conocía bien a Meredith. Pero su cercanía emocional con Amanda fue suficiente para arrastrarlo al centro de una investigación que pronto perdió rumbo.

Desde el inicio, la fiscalía italiana construyó un relato colectivo. No se buscó solo a un culpable, sino a un grupo. Las contradicciones iniciales, los errores en la recolección de pruebas y la presión mediática hicieron el resto. Sollecito pasó de testigo a sospechoso casi sin transición.
Fue condenado, absuelto, vuelto a condenar y finalmente exonerado. Pasó años bajo arresto, en prisión y en espera constante. Su identidad quedó reducida a una etiqueta: “el novio de Amanda Knox”. La narrativa pública nunca lo soltó del todo, incluso después de la absolución definitiva.

El verdadero culpable, Rudy Guede, fue condenado en un proceso separado. Pero para entonces, el daño ya estaba hecho. La justicia había seguido un camino errático, más atento al impacto mediático que a la coherencia probatoria. Meredith Kercher volvió a quedar en segundo plano.
Raffaele Sollecito recuperó la libertad, pero no la normalidad. El caso dejó una advertencia clara: en los crímenes íntimos y mediáticos, la cercanía emocional puede ser tratada como evidencia. A veces, amar a la persona equivocada es suficiente para perderlo todo.



