Muerte en la Autovía: La Trampa de Hielo que la Borrasca Leonardo Tendió en Cuenca
Una mujer de 30 años perdió la vida en un instante. Una tormenta de granizo convirtió un tramo de la autovía A-3 en una colisión en cadena que involucró a ocho.
Mientras España contenía la respiración por los ríos desbordados y las miles de personas evacuadas por la borrasca Leonardo, el peligro tomó una forma distinta y súbita en la provincia de Cuenca. No fue el agua subiendo lentamente, sino el hielo cayendo del cielo con furia. En el kilómetro 133 de la autovía A-3, una mujer de 30 años conducía, ajena a que su viaje estaba a punto de terminar de la forma más trágica.
Eran cerca de las tres y media de la tarde cuando el cielo se rompió. Una tormenta de granizo de una intensidad inusitada azotó la carretera, convirtiendo el asfalto en una pista de patinaje en cuestión de segundos. La visibilidad se desplomó y el control de cualquier vehículo se volvió una ilusión. Para los conductores atrapados en ese tramo, no había escapatoria.

Lo que siguió fue una violenta reacción en cadena. Un vehículo perdió el control, luego otro, y otro más. En total, ocho vehículos, incluyendo varios camiones, colisionaron en una maraña de metal y confusión. El estruendo del impacto múltiple fue el único sonido que rompió el martilleo del granizo contra los techos de los coches.
Cuando los servicios de emergencia llegaron, la escena era desoladora. En medio del caos, encontraron a la mujer de 30 años. Ya no se podía hacer nada por ella. Otras tres personas, dos hombres de 28 y 29 años y una mujer de 45, resultaron heridas y fueron atendidas en el lugar. Una vida joven, borrada en un instante por un fenómeno meteorológico extremo.

La Guardia Civil, bomberos y múltiples ambulancias trabajaron en el caos, rescatando a los atrapados y asegurando la zona mientras el temporal no daba tregua. La autovía, una de las principales arterias del país, quedó marcada como el escenario de una tragedia personal dentro de una catástrofe nacional.
Mientras las autoridades y los medios se enfocaban en los grandes números —los 8.600 desalojados, los ríos en alerta roja, las carreteras cortadas—, la muerte en la A-3 fue un recordatorio brutal del costo humano. No fue un río que se desbordó ni un deslizamiento de tierra. Fue un viaje ordinario, una tarde cualquiera, interrumpida por una trampa de hielo que demostró, una vez más, la fragilidad de la vida frente a la fuerza impredecible de la naturaleza.


