La Muerte de María de Ávalos: Crónica de un Crimen de Honor Renacentista
La noche del 17 de octubre de 1590, el grito de un príncipe traicionado resonó en un palacio napolitano: '¡Matad, matad a este infame y a esta arrastrada!'
En la Nápoles del Renacimiento, María de Ávalos era una figura de la alta nobleza, célebre por su belleza. Tras dos matrimonios que la dejaron viuda, en 1586 se casó con su primo, el príncipe y compositor Carlo Gesualdo. El matrimonio, aprobado por el Papa, buscaba asegurar un heredero para la familia.
María cumplió su parte al dar a luz a un hijo, Emanuele. Sin embargo, poco después, inició una relación secreta con Fabrizio Carafa, duque de Andria. La infidelidad no tardó en llegar a oídos de su esposo, quien no estaba dispuesto a tolerar la deshonra.

La venganza se planeó con frialdad. La noche del 16 de octubre de 1590, Gesualdo fingió partir a una cacería. En realidad, esperó hasta la medianoche para volver a su palacio con hombres armados. Derribaron la puerta de la alcoba de María y la encontraron con su amante.
Los sirvientes escucharon el grito del príncipe: “¡Matad, matad a este infame y a esta arrastrada! ¿Cuernos en la familia Gesualdo?”. Los cuerpos de María y Fabrizio quedaron tendidos en el lecho, víctimas de una furia calculada.

El doble homicidio conmocionó a la sociedad, pero legalmente, Gesualdo estaba protegido. La costumbre de la época, influenciada por la corte española, permitía a un hombre vengar su honor matando a su esposa adúltera y al amante. No hubo juicio ni castigo.
El crimen no llevó a Gesualdo a la cárcel, sino a la leyenda, inmortalizándolo como el “compositor homicida”. La tragedia de María de Ávalos, una mujer atrapada entre el deber y el deseo, se convirtió en inspiración para poetas y músicos, un eco sangriento de un tiempo donde el honor podía valer más que la vida.


