La última noche del profesor: el crimen que expuso la fragilidad de Bogotá
Salió de una clínica para ir a casa a descansar por orden de su esposa. Horas después, sus cuentas bancarias se vaciaban al otro lado de la ciudad y nadie.
La noche del 15 de enero era una de preocupación familiar para Neill Felipe Cubides, un profesor universitario de 54 años, y su esposa, Denis Alfaro. Estaban en la Clínica del Country, en el norte de Bogotá, porque su hijo de 10 años se sentía mal. Cerca de las diez de la noche, como la sala de observación no permitía más acompañantes, Denis le pidió a su esposo que volviera a casa a descansar. Neill salió del hospital, tomó un taxi y se desvaneció en la noche bogotana.
Esa fue la última vez que alguien de su familia lo vio. La tranquilidad se rompió en la madrugada del día siguiente. A la 1:25 a.m., una alerta bancaria notificó un retiro de dos millones de pesos de la cuenta de Neill. Un minuto después, otro por cuatro millones. Las transacciones se realizaron en el barrio Venecia, en el extremo sur de la ciudad, un lugar que, según su esposa, él nunca frecuentaba.

Para Denis Alfaro, la única explicación era un secuestro exprés, conocido en Colombia como “paseo millonario”. Durante cuatro días, mientras las autoridades permanecían en silencio, ella pegó carteles y suplicó en los medios por la vida de su esposo. “Ya tuvieron lo que querían; una vida por favor respétenla”, imploraba, con la esperanza de que lo liberaran. Creía que estaba retenido, que el dinero era el único objetivo.

Pero la verdad era mucho más oscura. El cuerpo de Neill había sido encontrado esa misma madrugada del 16 de enero en un paraje rural de Usme, al sur de la capital. Estaba calcinado, lo que retrasó su identificación por cuatro largos días. La confirmación oficial llegó el 19 de enero, destrozando cualquier esperanza.
El asesinato de Cubides, también asesor de la Procuraduría, desató una ola de indignación y miedo. La Universidad Externado, donde enseñaba, declaró tres días de luto, recordando las “huellas significativas” que dejó. En redes sociales, los ciudadanos lamentaban la inseguridad rampante, un sentimiento que chocaba con las cifras oficiales que el alcalde había presentado horas antes, celebrando una supuesta mejora. El caso del profesor no era una estadística; era el recordatorio brutal de que, en una ciudad de millones, una vida puede apagarse en el trayecto a casa.


